Siempre me han llamado la atención los encabezamientos, es decir, las primeras líneas o primeros párrafos de un libro. Leyéndolos con atención, te traslada el afán y la curiosidad para seguir leyendo el libro, ¡o no!
Casi siempre eso es así, principalmente por razones de marketing y de ventas. Porqué de esa lectura previa derivará indefectiblemente la compra del volumen pensando en la futura lectura completa del libro. Que muchas veces no se producirá y simplemente restará dicho libro olvidado en alguna estantería de alguna biblioteca.
Pero quedémonos en que esos primeros párrafos que, por una parte, condensan manifiestamente el estilo del autor y por otra pueden convertirse en una cita icónica, recordada incluso fuera del ámbito literario.
En este minuto y como ejemplo, me viene el recuerdo de una novela “Marcos Villarí” que hace cien años, escribió Bartolomé Soler (1894-1976). Fue su primera novela de las nueve que llegó a escribir. La escribió entre Marzo y Octubre de 1924 y publicada en 1927. Ha llegado a tener hasta 23 ediciones y se ha traducido a 6 idiomas.
Para que puedan ser partícipes de cuánto les he expresado al principio, les incluyo a continuación la transcripción del capítulo I, que dice así:
MARCOS VILLARÍ
Capítulo I
No han conseguido aún los nuevos masaderos que sea el suyo el nombre de la masía.
Para los palauenses, la alquería donde vivió Marcos Villarí siempre tendrá el nombre de su antiguo colono; pasen días y pasen años. Can Villarí fue un tiempo, can Villarí es ogaño, can Villarí seguirá siendo mientras vivan palauenses en Palau.
Tras la muerte de Marcos, ocho años tardaron en abrirse las puertas de la masada; ocho años que la vida del caserón erró por las lejanías, o enterróse bajo sus propios basilares.
Aulagas, brezo y zumaque amurallando la base de la alquería; hiedra, audaz y pródiga, trepando hacia los aleros y los tejados, vistiendo los paramentos, como capa florida, sobre las paredes desconchadas y agrietadas. Líquenes en los umbrales y en los maderos de los dinteles; hierba de Santa María en la era y en los corrales; musgo, grama y espliego junto al pozo y en el porche; amapolas y madreselvas en la puerta del lagar y en los ventanucos de la bodega.
Años de olvido y de silencio para la masía que otrora semejara una fortaleza ante el vivir pacífico y monótono de los palauenses; años de abandono supersticioso y fatídico para el antiguo hogar de la despensa abierta y de la olla ubérrima.
Ocho años irguiéndose la masada, como un vetusto castillo, sin guardianes y sin almenas.
Así como tras el letargo torna la vida, vuélvense ogaño a separar las hojas de los portales, y ábrense las ventanas y las buhardas, y torna el viento a aletear bajo las vigas carcomidas, en un zumbar de gratitud y de regodeo.
Tras ocho años la vida torna, espléndida y magnífica, cuando los palauenses auguraban la eternidad de su silencio.
Nuevos masaderos adentrándose en la casa, henchida el alma de optimismo y de audacia, inalterables a las imprecaciones de los palauenses, impávidos a los augurios de devastación y embrujamiento para quien more en la vetusta vivienda donde antaño habitara Marcos Villarí.
Nuevos masaderos se atrevieron con la masía destartalada, sordos a las chirriaduras y a los gañidos de las fallebas y las alguazas, sordos a los graznidos de los pajarracos guarecidos en los mechinales, en el socarrén, sus las bocatejas, dueños de los corrales y los gallineros, en una suplantación del averío que antaño cantara la vida trágica y heroica de la alquería.
Las segaderas corrieron por los hostigos, buscando los tentáculos del verdor que tapizaba las paredes, los antepechos, las balaustradas y los tejaroces; pasaron los azadones bajo las aliagas, bajo la gayomba; los zarzales cayeron al golpe recio y encarnizado de las destralejas… Toda la hierba parásita quedó sin agarraderas, limpios los quicios y las grietas, los umbrales y los dinteles, los zócalos y las techumbres…
Haces de maleza y gibas de seroja arrumbáronse en la era, como antaño se amontonaron las gavillas de trigo, de avena y de cebada. Llenábase el pavimento de nuevas hacinas, cual si los campos que un tiempo florecieron para las paneras y para las trojes de ogaño se hubiesen trocado en abrojales, jarales y retamares.
Luego una hoguera, una hoguera reparadora y prometedora, destruyendo los vestigios de ocho años de silencio y abandono; cual si el crepitar de las ramas fuera un responso para el alma incinerada de la masía, como si el chascar de los troncos y el lengüetear purpúreo de las llamas anunciaran el advenimiento de una nueva vida y saludaran, refocilándose, la aparición de los nuevos genitores.
Hereu Tarrés… Llenarás el granero y la bodega, llenarás los establos y las pocilgas, los corrales y el gallinero, las alacenas y la masera; llenarás el arcón de peluconas y de alfonsos, cantará tu prole en los aposentos, augurará tu hodierno el buen futuro…
Derramarán la hogaza tus paneras y el vino rezumará por los calces de tus toneles; mas… pierdes, hereu Tarrés. Ya nunca más recobrarás tu nombre.
Cuál las pavesas de la hoguera, cual la harija de las trojes aventadas, tu nombre pasó volando sobre tu alero, siguiendo el rumbo sin rumbo de los vientos.
No has de tornar jamás a ser el hereu Tarrés; nunca tus hijos serán los hijos del hereu Tarrés, pues, al coger las riendas de la masía, con otro nombre te acogieron tus nuevos convecinos.
Te acrecerá el caudal la vieja alquería, que son sus tierras como ubres que exudan, y son sus aguas como rocío balsámico para las arcas sedientas. Mas el Tarrés que fuiste trocóse en un Villarí, un Villarí falso, apócrifo, cunero, sin el consuelo siquiera de una bastardía.
Hereu Tarrés, llevarás la penitencia en el pecado.
