 |
| Torres del Paine ©SABARNAN 2018 |
En estos días se cumplen 15 años de mi presencia en
Chile, es bien cierto que todo ha cambiado, el paisaje, su gente. Llegué pocos
meses después del devastador terremoto del 27 de Febrero de 2010, por lo que a
la fuerza después de quince años, todo ha cambiado.
 |
| Bartolomé SOLER |
No
quiero resumir y menos detallar toda la evolución en este periodo concreto,
simplemente destacarlo y para ello me han venido a la mente las memorias del prodigioso,
escritor sabadellense Bartolomé Soler i Rabassó (1894-1975), el cual en uno de
sus tres libros en que repasa minuciosamente el pasar de su vida, detalla de
una forma peculiar y literaria como vio Chile en 1929 después de los 15 años que
se había ausentado de éste país. Dice así:
“Únicamente
la tierra sigue en el mismo sitio y sólo el viento continúa retorciendo árboles
y azotando a sus moradores. Sólo las cumbres prosiguen intactas, con su
inmaculado pecho, con su inviolabilidad y su agreste blancura, con sus
cuchillas de agua. Vieja, viejísima la tierra, todo, absolutamente todo se me
antoja nuevo. Nueva “La Despedida” y nuevos sus galpones y sus corrales,
sus bañaderos y sus potreros, y nuevos sus hombres; nuevo el antiguo rincón de
mis lecturas, el camastro de mis vigilias, el mirador del bungalow desde
donde se oteaba la caballada suelta, los rebaños que llenabas de balidos el
camino del puerto, las astas que hilvanaban retales de viento…
Y nuevo,
desconsoladoramente nuevo, el pretil de troncos, ahora de argamasa y piedra,
desde donde contemplaba la inmensidad vacía. Nunca entonces sufrí el frío de
este frío. Ningún árbol, ningún camino, ningún herbazal me reconocen. Ningún
caballo se parece a mi caballo ni ningún perro a mi perro. Los relinchos y los
ladridos me suenan a voces domesticadas, sin bravura y sin alma, sin acento
indígena.
Voy y
vuelvo al azar, galopo sin rumbo, busco sin saber qué busco. Me parecen
extraños el rendaje y el rebenque, extraña la montura, extraño el poncho que me
abriga. Esta cabañera fue un camino salvaje y esta tierra pelada era un espesor
de araucarias y alerces. Este pastadero fue pantano y este caserón choza
ovejera, abrigo de rabadanes, sepulcro nevado. Sólo los guanacos, los albatros,
los buitres y los chimangos, los búhos y los avestruces me parecen los mismos;
únicamente las aves y los animales silvestres, los perros cimarrones se me
aparecen como la única verdad que sobrevive, entrañablemente míos, con el mismo
plumaje, la misma piel, la misma voz y el mismo huir del olor humano.
 |
| Araucaria. ©SABARNAN 2020 |
Pero..,
¿por qué gimo? ¿Acaso soy yo el mismo? ¿Miro al cielo, a los hombres y a la
vida como los miraba entonces? ¿Qué hay en mí que se parezca a aquél? Si mi
hechura y mi ambición son las mismas, ¿de dónde arranca la tristeza con que
camino, la fría indiferencia con que miro el éxito, tras el cual tanto perdí y
tanto me batí? ¿De dónde procede el insultante hastío con que acojo
distinciones y rendiciones, si mis años, mi vitalidad y mi porte aún responden
a una reciedumbre física y psíquica asombrosa, sin que haya sentido nunca las
melladuras del tiempo, sin que ni una vez haya sufrido la fatiga de andar, el
cansancio de luchar? ¿Puede tanto el pasado? ¿Por qué me extraña que ni el
árbol ni el camino me reconozcan si no me reconozco yo? Debe de ser aquí donde
descubro que el pasado, en rigor, no pasa, lo mismo que los muertos no mueren
al morir. Aquí, aquí, en el hombre que soy, tan desemejante del hombre que fui,
persiste, vivo y tangible, mi ayer, como si aún fuese hoy.
Este
herbazal yo lo vi cubierto por las aguas; esta mancha verde en que se distiende
la llanura, yo la vi soterrada bajo la nieve; estos troncos que han sufrido el
filo del hacha, yo los he visto de pie y he sentido su aliento y su voz; esta
tierra acogedora y fácil, yo la he conocido con aristas de piedra, agresiva y
dura, antes de que la torturasen las dragadoras y las excavadoras. ¿Sufre la
tierra?.
En este
galopar que me lleva y me trae, en que no voy ni vuelvo, en que todo se me
transfigura, menos el sol y el cielo, ¿qué busco? ¿Quién me hizo creer que la
tierra y el árbol y el río habrían de seguir igual, si sabía ya que nada es
inmutable? Tampoco el hombre, más frágil que el árbol y la tierra, puede seguir
siendo al calco del hombre que fue. Con el mismo corazón, la misma quimera y la
misma religiosidad, sé que soy otro, y sé que ya nunca, jamás, recobraré el más
estimado de mis bienes perdidos: aquel candor con que desde estas soledades lo
miraba todo.”
Bartolomé Soler
“La cara y la cruz
del camino” 1963.